BioBrasil: Joaquim Venâncio

La profesora Renata Reis nos habla de la importancia del personal técnico en la investigación a través de la historia de este hombre excepcional.

Hoy retomamos nuestra colaboración con el Museo da Vida, Museo de ciencias de la Fiocruz con una entrega especial dedicada a Joaquim Venâncio. Para ello vamos a contar con la inestimable presencia de Renata Reis, profesora e investigadora del Laboratorio del Trabajo y de la Educación Profesional en Salud (Lateps) de la Escola Politécnica de Saúde Joaquim Venâncio (EPSJV/Fiocruz).

A diferencia de los protagonistas de las anteriores entregas de esta columna, Oswaldo Cruz y Carlos Chagas, el nombre de Joaquim Venâncio no resulta familiar. Renata Reis lo define como “un gurú con saber ancestral” en su tesis doctorado de 2018 titulada A ‘grande família’ do Instituto Oswaldo Cruz: a contribuição dos trabalhadores auxiliares dos cientistas no início do século XX. En seguida vais a entender por qué…

Primeros tiempos: origen y llegada a Manguinhos

Nacido el 23 de mayo de 1895, poco después de la abolición formal de la esclavitud, Joaquim Venâncio se crió en una hacienda perteneciente a la familia de Carlos Chagas, Bela Vista, ubicada en la ciudad de Rio Novo, en el interior del estado de Minas Gerais. Según un sobrino de Joaquim, Sebastião Patrocínio, toda su familia trabajaba en la hacienda en las plantaciones de café, caña de azúcar, arroz, maíz y frijoles, además de en la ganadería lechera y en la producción de cachaça. El dueño de las tierras visitaba solo muy de vez en cuando la propiedad de la que se ocupa realmente José Venâncio, hermano de Joaquim.

Inciso: Para los más curiosos, señalar que el testimonio de Sebastião forma parte del proyecto “Memorias de Manguinhos” del Archivo de la Casa de Oswaldo Cruz (COC/Fiocruz) y está disponible online.

Según Renata Reis, es imposible saber si Venâncio tuvo acceso a algún tipo de escolarización cuando era niño o si fue alfabetizado tras su llegada al Instituto Oswaldo Cruz. En cualquier caso, su estrecha convivencia con plantas y animales en el campo, así como su cercanía a la naturaleza y a sus maravillosas e infinitas propiedades, forman parte de su currículum tanto o más que lo aprendido en la práctica.

Hay muy poca documentación sobre la historia de Joaquim Venâncio. No se sabe a ciencia cierta, por ejemplo, cuándo o por qué motivo decidió mudarse a Río de Janeiro, aunque según los registros de la Fiocruz, empezó a trabajar en el Instituto Oswaldo Cruz en septiembre de 1916, a los 21 años de edad, dedicándose la investigación científica.

Según un artículo del investigador Wladimir Lobato Paraense (1914-2012), del IOC, Joaquim Venâncio entró en el Instituto como criado y una de sus tareas consistía en limpiar el laboratorio de Adolpho Lutz (1855-1940), un gran médico y científico brasileño, considerado el padre de la medicina tropical y de la zoomedicina en Brasil. Se comenta que Adolpho pidió a su hija, la bióloga Bertha Lutz, que le enseñase al joven Joaquim algunas prácticas habituales del laboratorio, ya que parecía un chico observador y con ojo para las cuestiones científicas. Para Adolpho, Venâncio era ya – en ese momento – un técnico de calidad.

Las aportaciones de Joaquim Venâncio al Instituto Oswaldo Cruz

En total, trabajó 35 años en el Instituto donde adquirió un conocimiento detallado de varios grupos zoológicos, principalmente anfibios, moluscos fluviales y trematodos, una clase de gusanos que incluye especies parasitarias, que infectan tanto a animales como a humanos. Su experiencia con los anfibios le permitió, por ejemplo, desarrollar un método para confirmar el embarazo mediante la inoculación de la orina de la mujer en sapos de la especie Bufo marinus. Es la famosa “prueba de la rana” que se utilizó intensivamente hasta los años 1960 a modo de test de embarazo

Los testimonios recogidos en la tesis de doctorado de Renata apuntan, también, a que Joaquim poseía un conocimiento excepcional de botánica. Durante algún tiempo, trabajó con el científico Heráclides de Souza-Araújo (1886-1962), que investigaba la enfermedad de Hasen, más conocida como lepra y que tras uno de sus viajes a la India, trajo esquejes de una planta para cultivarla en el Instituto. “Era una Chaulmoogra, una planta muy utilizada en el tratamiento de la lepra, gracias a la extracción de sus aceites medicinales. En esa época, parece que el que cuidaba de esos plantones era Joaquim Venâncio”, dice Renata.

En 1935, Joaquim Venâncio acompañó a la experta en reptiles Doris Cochran, del Museo Nacional de los EEUU a las ciudades de Belo Horizonte, capital del estado de Minas Gerais en el interior de Brasil, Lassance, Pirapora, Ouro Preto, Sao Paulo, Alto da Serra y Santos. El estudio realizado dio lugar a una importante monografía sobre las ranas del Sudeste de Brasil. Doris quedó muy impresionada por el competente trabajo de Venâncio e hizo todo lo que estuvo en su mano para ficharlo para su institución. Nuestro protagonista le contestó que, a pesar de que sabía que el salario sería mucho mayor, él prefería ser un negro con dignidad en Brasil. Joaquim Venâncio era, sin duda, un naturalista. Dominaba el oficio con maestría y arte.

Renata nos cuenta que, desde que se trasladó a Río de Janeiro, Joaquim vivió dentro de lo que hoy es la Fiocruz, en una casa ubicada en la Carretera de Manguinhos. “Pertenecía a los ‘propios nacionales’ del Instituto Oswaldo Cruz. Esta denominación alude a los inmuebles de dominio de la Unión [o sea, del Estado brasileño] utilizados por el servicio público federal. En su residencia, había un pequeño acuario donde él criaba sapos de la especie bufo marinus y reptiles de diferentes especies que se utilizaban en los estudios”, relata en su tesis.

Según la investigadora, Joaquim tenía un temperamento alegre. “Le gustaba cantar, tocar la guitarra y el acordeón. Le gustaba también charlar y tenía la costumbre de poner la mesa del café en la terraza de su casa. Cuando pasaba un vecino, rápidamente le invitaba a tomar un cafecito y a conversar un rato, lo que a veces sacaba de sus casillas a Sebastiana Fernandes, su compañera”, dice. Según los relatos, el hecho de residir en el Instituto hizo que Joaquim también actuase como una especie de vigilante informal de la institución, paseando por la noche por los terrenos del campus con un rifle a la espalda.

El legado de Joaquim Venâncio

En Manguinhos, Joaquim fue conocido y admirado. Según el artículo de Wladimir Lobato, era considerado una especie de patriarca o juez de paz, lo que hoy sería, salvando las distancias, un líder comunitario, “pero su influencia emanaba de su fuerza moral y de sus buenas cualidades humanas, nunca de cualquier viso de demagogia.  Le buscaban para pedirle consejo, para dirimir disputas y proteger a los débiles”, dice el texto de Wladimir.

En 1985 se creó el Politécnico de Salud Joaquim Venâncio, como una unidad técnico-científica de la Fiocruz, orientada a la formación de técnicos en el área de la salud, rindiendo así homenaje a Venâncio que se había destacado en su labor de asistente de Adolpho Lutz. La elección del nombre de Joaquim también buscaba dar visibilidad a los trabajadores técnicos que, históricamente, han tenido un acceso desigual a los procesos de escolarización y cualificación profesional. Para Renata, la elección de su nombre como patrón se debe al hecho de que Joaquim también era considerado un profesor. “Era un gurú. Así lo llamaban sus colegas. Su postura era de quien sabe de su valor y de su importancia ¡Un poco altiva! Poseía un conocimiento increíble, a pesar de no haber tenido acceso a una educación formal. Y enseñaba a las personas”, nos resume.

En 2009, los alumnos de enseñanza media de la Escuela Politécnica de Salud Joaquim Venâncio elaboraron el vídeo “Em busca de Joaquim Venâncio”. Con la ayuda de imágenes de archivo y de diversos testimonios, la película narra la búsqueda de información sobre el trabajador técnico que da nombre a la escuela, una referencia importante entre los trabajadores de la Fundación Oswaldo Cruz.

Joaquim vivió en Manguinhos hasta su muerte, un 27 de agosto de 1955, víctima de complicaciones cardiacas. Estaba casado con Sebastiana Batista de Carvalho Fernandes y tenía 5 hijos, Celso, Joaquim, Renée, Wanderley y Hugo, de los cuales tres trabajaban en el Instituto, continuando con su legado.

Y para terminar: ¡samba!

Y para despedirnos qué mejor que un poco de música. Como ya hemos demostrado la samba y la ciencia muchas veces van de la mano. Por eso he seleccionado para cerrar el programa la canción de Unidos da Tijuca, ganadora del Carnaval de 2004, “El sueño de la creación y la creación del sueño: el arte de la ciencia en el tiempo del imposible”.

En estos momentos en los que la esperanza de todos nosotros está puesta en el triunfo de la vacuna contra el dichoso bicho que lleva atormentándonos más de un año, creo que esta canción nos infunde esperanza y, sobre todo, mucha alegría.

No quería despedirme sin agradecer una vez más el trabajo y la colaboración tanto de la profesora Renata Reis como de Melissa Cannabrava, periodista del Museo da Vida, sin la cual este programa no hubiera sido posible.

Referencias:

Artículo de Luiz Fernando Ferrira «Joaquim Venâncio Fernandes (1895-1955)», publicado en la revista Trabalho, Educação e Saúde, vol.1 no.1 Rio de Janeiro Mar. 2003 ://www.scielo.br/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1981-77462003000100003 [consultado el 27/04/2021].

Noticia en el portal de la Fiocruz sobre los 35 años de la Escola Politécnica de Saúde Joaquim Venâncio: https://portal.fiocruz.br/noticia/escola-politecnica-de-saude-joaquim-venancio-completa-35-anos [consultado el 27/04/2021].

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